martes, 2 de febrero de 2010

pensamiento

¿Que en qué pienso?
Qué se yo.
Tantas cosas a la vez.
Lo complicada que es la vida,
quizás exista algo bueno en otra parte.
También...
en la imposibilidad de que haya un dios,
y de haberlo
todos los razonamientos me llevan a pensar en cuatro posibilidades:
una
tiene disminuidas las facultades mentales,
otra
es un sádico degenerado,
la tercera
no sé lo que marca mi calendario,
como última posibilidad, estoy loco.
Tengo en la cabeza
una seguridad tan grande de infelicidad
que la única posibilidad de serlo
no existe.
Resulta demasiado difícil
poder ser algo que no es
pero si fuese...
Ya estoy en los treinta y uno,
y
¿Qué he hecho?
¿Qué he adelantado?
¿Qué he conseguido?
¿Qué he logrado?
¿Qué tengo?
Las manos vacías
tremendamente vacías.
Cuando no le puedes ofrecer a nadie:
tus éxitos,
tus fracasos,
tus alegrías,
tus penas,
tus risas,
tus llantos,
tus buenos momentos,
tus malas horas,
sencillamente no existes.
Te aferras al borde del abismo de la vida,
y ¿Para qué?
Entonces te dejas caer
y te encuentras lanzado a gran velocidad,
en ese pozo negro,
sin fondo,
grotescamente negro,
y no te importa nada,
pierdes la noción del tiempo
y vegetas.
Te resulta indiferente tu prosperidad y la de tu país
no te alegras por una buena noticia,
no te apenas por las malas
simplemente, continúas cayendo,
maldito pozo,
maldito pozo negro sin fondo
con paredes llenas de galerías
iluminadas por luces
unas más brillantes, otras menos,
pero no te aferras a ninguna de ellas
porque algo falla en su resplandor,
algo que sabes te dañará los ojos,
no por su resplandor
ni por su apagado brillo,
es porque sabes que algo de esa luz,
por tenue que sea,
por radiante que parezca
te produciría alegría
y lo que deseas es una luz a tu medida
que te ilumine a ti, que tú la cuides
para que se apague cuando lo hagas tú y no antes,
cuando ya no tenga apenas una leve porción de brillo
en el momento
que tus ojos apenas reciban su resplandor
por eso no te detienes.
Muchas veces,
todas la veces
me jugaría a cara o cruz
la tercera guerra mundial
y no miraría la posición de la moneda
cuando ésta cayese
¿Para qué?,
si no puedo ver brillar esa luz
que no brille ninguna.
Continúas cayendo
y piensas que es el fin
el descanso, tiene que acabar en alguna parte,
pero no,
continúa.
De pronto
divisas muy al fondo, allá en las profundidades
un resplandor fulgurante
una supernova,
con asombrosa rapidez
te olvidas de todas esas diminutas lucecitas que veías en tu caída
no las recuerdas apenas,
son algo borroso
y terminan desapareciendo
sólo piensas en esa resplandeciente estrella
que está muy al fondo
pero que se acerca a ti a gran velocidad
y piensas,
piensas una y otra vez,
una y mil veces,
que tienes que detenerte en ella,
tienes que parar como sea.
Ya notas su calor
miras hacia atrás y ves oscuridad,
su brillo
ha apagado el resto de la luz,
y continúas acercándote cada vez más
no sientes miedo,
sólo piensas
en sacar fuerzas de donde sea para poder detenerte,
para aferrarte a ella
y dejas volar tu imaginación
despierto,
dormido,
borracho,
sereno...
Estás muy cerca
casi encima
no te hace daño su brillo
te da luz y calor, pero no te hace daño,
y si la cuidas, si la mimas, si la proteges
te lo seguirá dando,
estás decidido a pararte en ella como sea,
para siempre,
pero al pensar que puedes rebotar y continuar cayendo
te hace sentir una sensación de pequeñez,
de impotencia,
de desdicha,
de miseria.
Sólo piensas una cosa,
si rebotas, será el fin
ninguna otra es como ella
por eso
si alguien te pregunta "bueno ¿y qué?",
no contestes,
deja que sea ella la que te atraiga
o te repela
porque estás a su merced.

Juan Perucha (30-IX-1982)

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